Textos, escritos y comentarios

Tetxos, escritos y comentarios pretende poner a disposición del público, una serie de artículos de psicoanálisis, pequeños escritos, comentarios políticos. Algunos ya han sido previamente publicados (en ese caso el artículo en cuestión tendrá un formato ad hoc), otros no encontraron su pasaje al público, y otros fueron divulgados entre algunos lectores y amigos. Aliento a que si alguno de los textos encuentra un lector interesado en dialogar con él ,lo haga sin reservas.

sábado, octubre 21, 2006

EN LA RADIO fm Palermo : Acerca del genocidio en Ruanda


Tarea realizada

Algunas reflexiones acerca del genocidio hutu en Ruanda.

Mario Betteo Barberis

En 100 días, desde abril a julio de 1994, 800.000 tutsis fueron asesinados a manos de sus vecinos hutus. El método no fue ni las armas de fuego ni las cámaras de gas, sino que usaron el machete, su herramienta fundamental en la vida agrícola. Jean Hatzfeld, periodista y corresponsal de Liberation consiguió el permiso del gobierno ruandés para entrevistar a los supervivientes del genocidio y a causa de esa investigación publicada en el 2002 “Dans le nu de la vie. Recits des marais rwandais” ( En lo desnudo de la vida. Relatos desde los pantanos de Ruanda), logró entrar a la cárcel de Rilima y entrevistar esta vez a los perpetradores de la masacre. La lectura de este libro “Una temporada de machetes” Anagrama, Crónicas , 2004, impacta y somete al lector a una permanente prueba de resistencia. El testimonio de los asesinos obliga a mirar de frente esta serie de acontecimientos que se realizaron cuando ya se creía haber alcanzado lo peor del terror y el espanto durante la segunda guerra en lo que se conoce como la Shoa.

En esta alejada región de Africa, Hatzfeld ordena los testimonio de acuerdo a ciertos ejes temático que hace de su lectura, pequeñas lecciones. Inmediatamente después del asesinato del presidente de Ruanda, Júvenal Habyarimana al explotar el avión en que viajaba a manos de un comando tutsi, los hutus de las localidades campesinas se organizaron casi sin preparativos previos para dar caza a todos los tutsis que vivían en la región. Dicen los asesinos que no había tiempo que perder y que aunque eran simples campesinos, era necesario acabar la tarea, a la manera en que se debe apurar el cuando tiene que levantar una cosecha: si se pierde el tiempo, se pierde el resultado. Los hermanos hutus se habían convertido de un día para otro en fervientes patriotas que con las armas/herramientas del campo, el machete, salieron cada uno de su casa a cazar a su vecinos tutsis. Dice Leopord: “Me pareció que matar no era nada del otro mundo; ni siquiera noté, mientras los mataba, nada que me convirtiera en asesino”. Esa continuidad entre el matar a un semejante y no hacerlo, esa facilidad que le otorgaba el hecho de que los tutsis escapaban de los poblados como si se sintieran algo responsables de la caída del poder institucional, incluso el miedo que tenían y la sensación de estar totalmente abandonados a su suerte, formó parte de esa “facilitación” para el acto asesino.

La naturalidad del acto se ponía de manifiesto de maneras variadas. Por un lado, consideraban que “rajar” a los tutsis (ese era el nombre que le daban a los machetazos que segaban la vida de sus vecinos) era un trabajo más, similar al de cortar los papiros. Por ello es que suspendieron las tareas agrarias para ocuparse de desmalezar los campos de alimañas. Es por eso que de noche, al volver a sus casas podían dormir con tranquilidad, sin sobresaltos ni sentimientos de culpa. Los tutsis ya se habían convertido en una especie de vegetal o pequeño animal, y eso aligeraba la tarea para los humus.

Por otro lado, Hetzfeld señala que la matanza se realizaba sin “tareas de espionaje y reconocimiento” ya que todos se conocían desde siempre y solo bastaba ir directamente a la casa de su vecino o al futbolista del equipo contrario, como para realizar su tarea. Es de destacar el hecho que ambas etnias hablaban la misma lengua, vivían en los mismos lugares y se diferenciaban solo por algunos unos rasgos físicos, un tanto aleatorios. En Alemania , país de filósofos, la meta del genocidio durante el Tercer Reich era purificar el ser y el pensamiento. En Ruanda, país de campesinos, la meta del genocida fue purificar la tierra, desinfectarla de esos agricultores - cucarachas que iban a la muerte sin romper el silencio, sin implorar a ningún dios o espíritu, sin ofrecer resistencia física.

Pancrace le dijo a Hatzfeld : “Sabíamos que a nuestros vecinos tutsis no se los podía acusar de nada malo, pero creíamos que todos los tutsis tenían la culpa de nuestras desgracias de siempre”. Según los testimonios, da la impresión que hubo un primer tiempo gobernado por las sospechas, la desconfianza, pero no se trataba aun de odio. Ese odio se desató inmediatamente después de la caída del avión que llevaba al presidente. Como si esa pérdida del jefe de gobierno, esa verdadera caída desde el aire del unificador político de los hutus hubiese desarreglado la convivencia y se hubiese desatado, no el pánico sino la persecución.

¿Rebelión en la granja? ¿Animalidad en el espacio humano? Lo importante del trabajo periodístico de Hatzfeld es que la recopilación de testimonios deja permanentemente abierta una puerta a la colaboración del lector en la lectura, en el sentido que el autor no clausura con ninguna explicación el misterio que este acto de masas trae atado. El autor prefiere que los sujetos hablen y den su posición. Así Pancrace decía que las matanzas de esa categoría tenían hambre de muerte mas no hambre de vida como en el caso de las fieras. Era un hambre que no se saciaba, ya que no satisfacía ninguna necesidad llamada “natural”, sino que mas bien producía una especie de satisfacción en el sentido de quien dice “tarea realizada”. Un trabajo, un despliegue de energía que se trocaba en la producción de un bien de capital, e incluso, no faltaban las rapiñas, los hurtos, la apropiación de los bienes mas preciados y envidiado por los humus, es decir las vacas y las chapas de aluminio de los techos.

¿De que se trató entonces? Pregunta permanentemente el periodista en búsqueda de una respuesta que tranquilice el espíritu. Ninguno de los asesinos mostraba signos de trastornos psíquicos, comenta Hatzfeld, desafiando con esto a todo el orden psiquiátrico y psicológico que vería con buenos ojos este caso para hablar de patología o enfermedades psíquicas. Es un fenómeno que requiere mas prudencia y calma en su estudio ya que toca registros que conducen al análisis las consideraciones fundamentales de la constitución de la subjetividad.

Una de las grandes diferencias con cualquier otro ejemplo de maquinaria para matar es que en los casos de Videla, Stalin, Husein u otros , estos contaron de alguna manera con la sumisión generalizada de la población, pero no consiguieron poner en pie a una población entusiasta que matase cantando a diario y en horario laboral. Resultó algo mas allá de lo natural en personas muy naturales, como cita Jean Baptiste Munyanokore. Lo mas semejante deben haber sido los pogroms en la Rusia de principios de siglo o en la Alemania nazi previa a la declaración de guerra. Sin embargo, en estos casos, no se generó un hábito, una rutina, una repetición como la que se da en el ritmo laboral.

En contra de lo que sucedió con criminales de guerra quienes tras la caída tienden a encogerse y desaparecer entre bastidores, los hutus asesinos tienen la tendencia, según Hatzfeld, a colocarse en el centro de la escena. El autor da una prudente hipótesis al respecto: el carácter absoluto del proyecto fue lo que les permitió llevarlo adelante con cierta tranquilidad y hoy no les altera en mayor grado saberse responsables de él. La paradoja es que la monstruosidad del exterminio da una sensación de culpa a los sobrevivientes, los obsesiona, mientras que se le quita a los asesinos, los serena y quizás los libera de la locura.

Tal vez haya que leer esta serie de fulminantes testimonios sin afán de darle una respuesta satisfactoria. El desarreglo social parece que no encuentra su propio límite sino que se renueva en apariciones cada vez mas inimaginables. Esto es algo que transmite la lectura de esta investigación, que recuerda sin proponérselo, a la pequeña obra maestra del cine “El retorno de los muertos vivos” de Romero. Hay algo anidado en lo social que periódicamente , a la manera de un virus, desentierra , desata al cuerpo de sus ataduras temporales y espaciales y desafía, pone en cuestión todo el monumento identificatorio que llamamos civilización. No se trata de la barbarie cara a los europeos y a nuestros continuadores americanos, sino que alcanza la dimensión de un precio, una terrible cuota que lo humano debe de pagar por su aumento de capital de saber y placeres. Los hutus y los tutsis dieron muestra de ello, cuando testimonian que uno de los factores desencadenantes de la tragedia fue ya no solo la caída del líder sino la machacona insistencia a través de la radio, de los medios de comunicación, de voces irrefrenables que el oído no podía detener. Como cuenta Adalbert, “las radios exageraron para calentarnos la cabeza. Ellas nos enseñaron los nombres de “cucarachas” y “serpientes”. La maldad de las radios estaba demasiado bien calculada para poder oponerse a ellas”. El genocidio no es en realidad un problema de miseria y falta de instrucción. En 1959, los hutus mataron, expulsaron, saquearon continuamente a los tutsis, pero ni por asomo pensaron en exterminarlos. El punto de catástrofe se localizó mas adelante, cuando se habían generado condiciones de tensión que un golpe pone en marcha, a la manera de las fichas de dominó, un ordenado despliegue de fuerzas.

Finalmente encontramos en Sylvie, una de los sobrevivientes, declaraciones que orientan futuras lecturas. “Tengo que dejar claro que, tras un genocidio, algunas palabras no tienen ya el mismo sentido que antes, algunas palabras pierden del todo el sentido y quien escucha tiene que estar al acecho de los cambios”. ¿No es hora de escuchar esa advertencia?


Mario Betteo Barberis